Otto Loewi, farmacólogo, tuvo un sueño una noche de Pascua de 1932 que le valió nada menos que el premio científico más prestigioso que existe: el premio Nobel de Medicina.
Mientras dormía soñó con un experimento que le permitiría probar la hipótesis de que los impulsos nerviosos se transmiten de manera química y no eléctrica, como se pensaba hasta entonces. Se despertó excitado y apuntó el experimento para realizarlo al despertar.
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